De profundis y otros escritos de la carcel

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Y lo que es cierto de quien está en quiebra también lo es de cualquiera. Todo el mundo tiene que pagar por lo que ha hecho. Incluso tú, con tus ansias de librarte de cualquier obligación, tu insistencia en que otros te lo paguen todo y tu negativa a dar tu afecto, aprecio o gratitud, tendrás que pensar seriamente en lo que has hecho e intentar, por inútil que sea, expiarlo de algún modo. El hecho de que no puedas hacerlo, será parte de tu castigo. No puedes lavarte las manos de toda responsabilidad, ni cambiar de amigos con un encogimiento de hombros o una sonrisa para seguir de banquete en banquete. No puedes arrumbar todo lo que me has hecho como si fuese un recuerdo sentimental en el que pensar de vez en cuando con los cigarrillos y los liqueurs, como un trasfondo pintoresco de una vida moderna de placeres parecido a un viejo tapiz colgado en una tabernucha. Por un momento, puede que tenga el sabor de una nueva salsa o un vino de reserva, pero las sobras del banquete se enrancian y los posos de la botella amargan. Hoy, mañana o algún otro día tendrás que darte cuenta. De lo contrario, morirás sin haberlo hecho y, en ese caso, qué vida tan mezquina y poco imaginativa habrás llevado. En mi carta a More le he insinuado un punto de vista desde el que deberías considerar cuanto antes este asunto. Él te dirá cuál es. Para entenderlo tendrás que cultivar tu imaginación. Recuerda que la imaginación es la cualidad que nos permite ver las cosas y las personas en sus relaciones reales e ideales. Si no logras entenderlo por ti mismo, háblalo con otros. Yo he tenido que enfrentarme cara a cara con mi pasado. Enfréntate tú con el tuyo. Siéntate y piénsalo tranquilamente. El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que llega a comprenderse está bien. Háblalo con tu hermano. De hecho, Percy es la persona indicada. Deja que lea esta carta y haz que conozca todas las circunstancias de nuestra amistad. Una vez que se lo hayas contado todo, no habrá nadie con mejor juicio que él. Si le hubiéramos dicho la verdad ¡cuánta deshonra y sufrimiento me habría ahorrado! Recuerda que te lo propuse la noche que llegaste a Londres de Argel. Te negaste en redondo. Por eso, cuando fue a vernos después de cenar, tuvimos que interpretar la comedia de que tu padre era un demente que sufría absurdas e incontables alucinaciones. Fue una comedia excelente mientras duró, sobre todo porque Percy se la tomó muy en serio. Por desgracia, terminó de una manera repugnante. La cuestión de la que te escribo fue uno de sus resultados, y si te incomoda, te ruego que no olvides que constituye la peor de mis humillaciones y que no tengo otro remedio que pasar por ella. No me queda otra opción. Ni a ti tampoco.


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