De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel De nuevo, qué tontas fueron las largas y serias cartas aconsejándome que «no renunciara a mis derechos sobre mis hijos», una frase que aparece siete veces en la correspondencia. ¡Mis derechos! No tenía ninguno. Una demanda que una apelación formal al juez puede anular en diez minutos no es un derecho. Estoy bastante atónito ante la posición en la que me han puesto. Habría sido mucho mejor que hubieras hecho lo que te pedí, ya que por aquel entonces mi esposa era amable y estaba dispuesta a dejarme ver a mis dos hijos y estar con ellos de vez en cuando. A. D. me puso en una falsa posición con respecto a su padre, me forzó a adoptarla y mantenerla. More Adey, con las mejores intenciones, me forzó a una falsa posición con respecto a mi esposa. Aunque tuviera algún derecho legal —y no tengo ninguno—, es mucho más atractivo tener privilegios concedidos por afecto que extorsionarlos con amenazas. Mi esposa era muy dulce conmigo y ahora, como es natural, va directamente en contra de mí. También se hizo una estimación equivocada de su carácter. Me advirtió de que si dejaba que mis amigos pujaran contra ella, ella tomaría cierto camino, y eso va a hacer.[12]
De nuevo, Swinburne dice a María Estuardo en uno de sus poemas:
¡Pero seguramente vos erais algo mejor
que inocente![13]