De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Por supuesto, el terror que se apodera del niño y lo domina, al igual que también se apodera del adulto, se intensifica lo indecible por el sistema de celdas individuales de las cárceles inglesas. Todos los niños son confinados en su celda durante veintitrés de las veinticuatro horas. Eso es lo atroz. Hacer callar a un niño en una celda apenas iluminada durante veintitrés de las veinticuatro horas del día es un ejemplo de crueldad y estupidez. Si un individuo, fuera padre o tutor, le hiciera eso a un niño, sería castigado severamente. La sociedad para la prevención de la crueldad con los niños tomaría cartas en el asunto de inmediato. Todo el mundo aborrecería en extremo a quienquiera que fuera culpable de semejante crueldad. Sin duda, a la acusación le seguiría una severa condena. Pero la sociedad actual hace algo peor aún, y para el niño ser tratado así por una extraña fuerza abstracta, cuyas demandas ignora, es mucho peor que si recibiera el mismo trato de su padre o su madre, o de alguien conocido. El trato inhumano a un niño siempre es inhumano, al margen de quien lo imponga. Pero el trato inhumano por parte de la sociedad es más terrible aún para el niño, porque no cabe recurso alguno. Se puede apartar a un padre o a un tutor, y dejar que el niño salga de la oscura y solitaria habitación en la que estaba confinado. Pero no se puede apartar a un celador. La mayoría de celadores tiene mucho aprecio a los niños, pero el sistema le prohíbe prestarles auxilio. Si lo hacen, como hizo el celador Martin, los despiden.