De profundis y otros escritos de la carcel

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La segunda cosa por la que sufre un niño en la cárcel es el hambre. La comida que le dan consiste en una rebanada de pan mal horneado en la cárcel y un vaso de agua para desayunar a las siete y media. A las doce le dan el almuerzo, compuesto por un plato de una burda papilla india, y a las cinco y media recibe una rebanada de pan seco y un vaso de agua como cena. Esta dieta, en el caso de un adulto fuerte, siempre causa alguna clase de enfermedades, sobre todo, por supuesto, diarrea, con la consiguiente debilidad. De hecho, en una cárcel grande los celadores reparten regularmente medicamentos astringentes. En el caso de un niño, por regla general, este es incapaz de comer nada. Cualquiera que sepa algo de los niños sabrá la facilidad con que una llorera, una molestia o un sufrimiento de cualquier tipo pueden entorpecerle la digestión. Un niño que ha estado llorando toda el día, y tal vez media noche, en una celda individual apenas iluminada, presa del terror, simplemente no puede comer nada tan burdo y horrible. En el caso del niño a quien el celador Martin dio las galletas, estaba llorando de hambre el martes por la mañana, y era del todo incapaz de tomarse el pan y el agua que le dieron para desayunar. Una vez servidos los desayunos, Martin salió y compró unas cuantas galletas para el niño en lugar de observar cómo se moría de hambre. Fue un hermoso gesto por su parte, reconocido como tal por el niño, que, sumamente inconsciente de las normas de la Comisión de Cárceles, le contó a uno de los celadores mayores lo amable que había sido con él el celador joven. Por supuesto, el resultado fue una denuncia y un despido.


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