De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Conozco muy bien a Martin, y estuve a su cargo durante las últimas siete semanas de mi encarcelamiento. Tras incorporarse a Reading se hizo cargo de la galería C, en la que yo estaba confinado, así que lo veía constantemente. Me deslumbró su manera de dirigirse a mí y a los otros presos, de una amabilidad y humanidad singulares. En la cárcel las palabras amables significan mucho, y que te deseen «buenos días» o «buenas tardes» puede alegrarte tanto como cabe alegrarse en la cárcel. Siempre era afable y considerado. Resulta que conozco otro caso en el que mostró una gran amabilidad a uno de los presos, y lo mencionaré sin vacilar. Una de las cosas más horribles de la cárcel son las pésimas condiciones higiénicas. En ningún caso se permite que el preso salga de su celda después de las cinco y media de la tarde. Por consiguiente, si padece diarrea, debe utilizar su celda como retrete, y pasar la noche en una atmósfera de lo más fétida y enfermiza. Unos días antes de mi puesta en libertad, a la siete y media, Martin hacía la ronda con un celador mayor a fin de recoger la estopa y las herramientas de los presos. Un hombre que acababa de ser condenado y que sufría una intensa diarrea provocada por la comida, como sucede siempre, pidió permiso al celador mayor para vaciar los excrementos de su celda, a causa del horrible olor de la celda y ante la posibilidad de volver a evacuar a lo largo de la noche. El celador mayor se negó categóricamente; iba en contra de las normas. El hombre tendría que pasar la noche en ese espantoso estado. Sin embargo, Martin, antes que ver a ese desdichado en semejante apuro, dijo que retiraría los excrementos del hombre él mismo, y lo hizo. Que un celador se haga cargo de los excrementos de un preso va en contra de las normas, por supuesto, pero Martin tuvo ese gesto de amabilidad con el hombre por simple humanidad innata, y el hombre estuvo muy agradecido.