De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Al día siguiente, el domingo 16, vi al pobre tipo haciendo ejercicio; su cara pusilánime, fea y abatida estaba bañada en lágrimas de histeria hasta tal punto que costaba reconocerlo. Se puso a caminar por el círculo del centro junto con los ancianos, los mendigos y los cojos, de modo que pude observarle todo el rato. Era mi último domingo en la cárcel, un día precioso, el mejor día de todo el año, y allí, bajo la hermosa luz del sol, caminaba esa pobre criatura —hecha antaño a imagen y semejanza de Dios—, sonriendo como un mono y haciendo gestos rarísimos con las manos, como si tocara algún instrumento de cuerda invisible en el aire, u ordenara y atendiera en un mostrador en algún curioso juego. Entretanto, sus lágrimas de histeria, sin las que ninguno de nosotros le había visto jamás, formaban unos sucios arroyuelos en su cara blanca e hinchada. La espantosa y deliberada gracia de sus gestos hacía que pareciera un bufón. Era un monstruo viviente. Los demás presos le miraban, y ni uno sólo sonreía. Todo el mundo estaba al tanto de lo que le había sucedido, y todos sabíamos que estaba volviéndose loco —de hecho, ya estaba loco—. Media hora más tarde, el celador le ordenó que regresara al interior de la cárcel, y supongo que le castigó. Al menos no salió a hacer ejercicio el lunes, pero creo que le entreví en la esquina del patio de piedra, caminando escoltado por un celador.