De profundis y otros escritos de la carcel

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El martes —mi último día en la cárcel— le vi a la hora del ejercicio. Estaba peor que antes, y de nuevo le ordenaron que regresara al interior de la cárcel. Desde entonces no sé nada de él, pero me he enterado, por uno de los presos que caminaba a mi lado mientras hacíamos ejercicio, de que le dieron veinticuatro latigazos en la cocina el sábado por la tarde, por orden de los jueces de visita, según el informe del médico. Los alaridos que nos horrorizaron a todos eran suyos.

No cabe ninguna duda de que ese hombre se está volviendo loco. Los médicos de la cárcel no tienen ningún conocimiento de las enfermedades mentales. Como clase, son ignorantes. Desconocen las patologías de la mente. Cuando un hombre se vuelve loco, lo tratan como si fingiera. Le castigan una y otra vez. Como es natural, el hombre empeora. Cuando agotan los castigos normales, los médicos informan del caso a la justicia. El resultado son azotes. Por supuesto, para los azotes no usan látigos de nueve colas, sino un instrumento que llaman vara, pero ya se imagina el resultado en el desdichado mentecato.





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