De profundis y otros escritos de la carcel

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El resultado de la comida —que en la mayoría de casos consiste en gachas aguadas, pan mal horneado, manteca de cerdo y agua— es la enfermedad, en forma de incesante diarrea. Esta dolencia, que a la larga se convierte en una enfermedad crónica para la mayoría de presos, es una institución reconocida en todas las cárceles. En la de Wandsworth —donde estuve confinado durante dos meses, hasta que tuvieron que llevarme al hospital, donde permanecí dos meses más—, por ejemplo, los celadores hacen dos o tres rondas al día para repartir medicamentos astringentes a los presos, como rutina. No hace falta decir que después de una semana de tratamiento, más o menos, el medicamento no produce ningún efecto. Entonces el desdichado preso se convierte en víctima de la enfermedad más debilitante, deprimente y humillante que quepa imaginar, y si, como ocurre a menudo, a causa de su debilidad física no logra completar las vueltas requeridas al cigüeñal o al molino, se le denuncia por holgazanería, y se le castiga con suma severidad y brutalidad. Pero eso no es todo.






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