De profundis y otros escritos de la carcel

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No hay nada peor que las condiciones higiénicas de las cárceles inglesas. Antiguamente cada celda estaba equipada con una especie de letrina. Hoy en día se han suprimido las letrinas. Ya no existen. En su lugar, se suministra a cada preso un pequeño orinal. Tres veces al día, se le permite vaciarlo. Sin embargo, no se le permite acceder al retrete de la cárcel, excepto durante la hora en que hace ejercicio. Y a partir de las cinco de la tarde no se le permite salir de su celda con ninguna excusa ni por ninguna razón. Por consiguiente, un hombre que padezca diarrea se encuentra en una situación tan odiosa que resulta innecesario extenderse en ella, pues sería indecoroso. La miseria y las torturas que experimentan los presos a consecuencia de las repulsivas condiciones higiénicas son absolutamente indescriptibles. Y el hedor del aire de las celdas, acrecentado por un sistema de ventilación del todo ineficaz, es tan nauseabundo y poco saludable que a menudo a los celadores, cuando por la mañana llegan del aire libre, y abren e inspeccionan cada celda, se les revuelven las tripas. Lo he visto con mis propios ojos más de tres veces, y varios celadores me han comentado que es una de las cosas más repugnantes que conlleva su oficio.

La comida que se suministra a los presos debería ser adecuada y saludable. No debería producir la incesante diarrea que al comienzo es una dolencia y luego se convierte en una enfermedad crónica.


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