De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel con tal anhelo en los ojos
ese pequeño dosel azul
que los reclusos llamamos cielo
y cada nube que arrastraba a la deriva
su vellón deshilachado.
No retorcía sus manos como hacen
esos necios que se atreven
a cultivar una estúpida esperanza
en la negra cueva de la desesperanza;
únicamente miraba hacia el sol
y se bebía el aire de la mañana.
No retorcía sus manos ni lloraba,
ni escrutaba ni languidecía,
sino bebía el aire como si contuviera
un saludable calmante;
con la boca abierta se bebía el sol
¡como si fuera vino!
Pero yo y las demás almas en pena
que caminábamos en otro círculo
no recordábamos si nuestro delito
era grave o leve,
y observábamos con entumecido asombro
al hombre que iban a colgar.
Porque era extraño verlo pasar
con paso tan alegre y ligero;
y extraño era verlo mirar
con tanto anhelo el día;