De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel porque nadie puede decir hasta qué rojo infierno
puede extraviarse su alma ciega.
Por fin, el hombre muerto dejó de pasear
con los demás presos,[11]
y supe que estaba en el negro banquillo
de la terrible prisión,
que jamás volvería a ver su cara
ni en la fortuna ni en la adversidad.
Como dos barcos perdidos que en la tormenta se cruzan
nos habíamos cruzado en nuestros mutuos caminos,
pero no nos hicimos señales ni nos dijimos palabra:
no teníamos palabras que decirnos,
porque no nos encontramos en la noche santa
sino en el día de la ignominia.
El muro de una prisión nos rodeaba,
éramos dos parias, eso éramos;
el mundo nos había arrojado de su corazón
y Dios de su cuidado.
Y el cepo de hierro que aguarda al pecado
nos había atrapado con su argolla.
Dura es la piedra del patio de los deudores
y alto el muro que rezuma;