De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel se arrastraba como una ola preñada de algas
y olvidábamos el amargo destino
que aguarda al loco y al bribón,
hasta que, al volver del trabajo, un día
pasamos ante una tumba abierta.
Como boca bostezante el espantoso agujero
enorme se abría con hambre de algo vivo;
el propio barro exigía sangre
al sediento recinto de asfalto;
y supimos que antes de que el alba despuntara
ahorcarían a aquel tipo.
Sin detenernos, entramos, con el espíritu absorto
en la muerte, el espanto y el destino;
el verdugo con su bolsita
arrastraba los pies en la oscuridad
y yo temblaba mientras con paso vacilante
me abría camino hacia mi tumba numerada.
*
Aquella noche los desiertos corredores
se poblaron de siluetas pavorosas
y en todos los rincones de la ciudad de hierro,
tras los barrotes que ocultan las estrellas,
inaudibles pies furtivos
y blancos rostros parecían acechar.
Tendido como quien tendido sueña
en un placentero prado,