De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel los vigilantes vigilaban su sueño
y no podían comprender
cómo dormía un sueño tan plácido
con un verdugo tan cerca.
Pero no hay sueño cuando debe llorar
el hombre que nunca lloró;
así nosotros —el loco, el trapacero, el tunante—
mantuvimos aquella vigilia interminable,
y por cada cerebro se arrastraba
sobre manos doloridas el terror ajeno.
¡Ay! ¡Resulta tan espantoso
sentir la culpa ajena!
La espada del pecado se hundió hasta el fondo
de su puño envenenado
y como plomo fundido eran las lágrimas vertidas
por la sangre que no habíamos derramado.
Los vigilantes con sigilosos zapatos
se acercaban a cada puerta con cerrojo
y miraban a hurtadillas y veían asombrados
grises figuras en el suelo,
y se preguntaban por qué se arrodillaban a rezar
hombres que jamás habían rezado.
Durante toda la noche de rodillas rezamos,
locas plañideras de un cadáver,
las agitadas plumas de la noche temblaban