De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel para despertar al muerto cantaban.
«¡Ajá!», gritaban. «El mundo es ancho,
¡pero los pies con grilletes cojean!
Juego de caballeros es
echar los dados una y otra vez,
pero pierde quien juega con el pecado
en la secreta casa del oprobio».
No eran criaturas del aire aquellos bufones
que con tal alegría retozaban
ante hombres con vidas apresadas con grilletes
y con los pies atados para bailar.
¡Por las llagas de Cristo!, eran criaturas
terribles de ver.
En corro bailaban, en corro se retorcían,
unas en parejas giraban con la sonrisa vana
y el paso afectado de una ramera;
otras ascendían furtivamente por la escalera
y con mofa insidiosa y lasciva mirada servil
nos ayudaban en nuestras plegarias.
La brisa matutina empezó a plañir,
aunque la noche todavía continuaba:
en su telar gigantesco la red de penumbra
se deslizaba tejiendo cada hilo
y, mientras rezábamos, crecía nuestro miedo
a la justicia del sol.
La plañidera brisa deambulaba en torno
a los húmedos muros de la cárcel