De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel hasta que, como una rueda giratoria de acero,
sentimos arrastrarse los minutos.
¡Ay, brisa plañidera! ¿Qué hemos hecho
para merecer juez semejante?
Por fin vi las sombreadas rejas
como una celosía forjada en plomo,
moviéndose a través del encalado muro
frente a los tres tablones de mi cama,
y supe que en algún lugar del mundo
el terrible amanecer de Dios era rojo.
A las seis limpiamos nuestras celdas;
a las siete todo estaba quieto,
pero el susurro y el vaivén de un ala poderosa
parecían invadir la cárcel
porque el señor de la muerte con su helado aliento
había entrado para matar.
No lo hizo con purpúrea ostentación
ni cabalgando en blanco corcel.
Tres metros de cuerda y un tablón deslizante
es lo único que la horca necesita;
y con la soga de la vergüenza llegó el heraldo[20]
para cumplir su secreta hazaña.
Éramos hombres que atraviesan a tientas
un pantano de sucias tinieblas:
no osábamos susurrar una oración