De profundis y otros escritos de la carcel

De profundis y otros escritos de la carcel

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Soy demasiado consciente de todo eso. Cuando uno ha estado dieciocho terribles meses en una celda en una cárcel, ve las cosas y la gente tal y como son. La vista le convierte a uno en piedra. No pienses que le culparía a él por mis vicios. Tenía tan poco que ver con ellos como yo con los suyos. En ese sentido, la naturaleza era como una madrastra para cada uno de nosotros. Le culpo por no apreciar al hombre al que arruinó. Le habría sentado mejor un millonario analfabeto. Mientras mi mesa pareciera roja por las rosas y el vino, ¿qué le importaba? Mi genio, mi vida como artista, mi trabajo y la calma que necesitaba para trabajar no significaban nada para él cuando encajaban con sus desatados y groseros apetitos por una vida cualquiera de derroche, con su codicia por el dinero, sus incesantes y violentas escenas, y su poco imaginativo egoísmo. Una vez tras otra, durante esos dos años malgastados y agotadores, intenté escapar, pero siempre me traía de vuelta, con amenazas de hacer daño, sobre todo a sí mismo. Más tarde, cuando su padre vio en mí una manera de incordiar a su hijo, y el hijo vio en mí la posibilidad de arruinar a su padre, y yo me encontraba en medio de esas dos personas que codiciaban una notoriedad repulsiva, que eran temerarias en todo salvo en su propio odio horrible el uno por el otro, cada uno urgiéndome, uno por medio de tarjetas públicas y amenazas, y el otro por medio de escenas privadas o, de hecho, medio públicas, amenazas en cartas, escarnios, burlas…; reconozco que perdí la cabeza. Le dejé hacer lo que quiso. Yo estaba desconcertado, era incapaz de juzgar nada. Y cometí ese funesto paso. Y ahora… estoy sentado en un banco en una celda en la cárcel. En todas las tragedias hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía. No creas que no me culpo a mí mismo. Me maldigo día y noche por mi locura al permitirle que dominara mi vida. Si en estas paredes hubiera eco, gritaría «Loco» para siempre. Estoy muy avergonzado por mi amistad con él, pues los hombres pueden juzgarse por sus amistades. Es una prueba para cualquier hombre. Y siento una vergüenza más aguda y humillante por mi amistad con Alfred Douglas…, cincuenta mil veces más… de la que siento, por ejemplo, por mi relación con Charley Parker,[64] sobre quien puedes leer un completo informe en mi juicio. El primero es para mí una fuente diaria de humillación mental. En el segundo no pienso nunca. No me inquieta. Carece de importancia… De hecho, toda mi tragedia a veces me parece grotesca y nada más. A consecuencia de haber sufrido el hecho de ser empujado a la trampa que me había tendido Queensberry —la trampa a la que apostó abiertamente en el club Orleans que me atraería—, a consecuencia de eso, el padre está al mismo nivel en la historia que los buenos padres de los cuentos morales, el hijo que el infante Samuel, y yo, en el lodazal más bajo de Malebolge,[65] sentado entre Gilles de Retz y el marqués de Sade.[66] En ciertos lugares, nadie, excepto los realmente dementes, tiene permiso para reírse; y, de hecho, incluso en su caso es contra las normas de conducta; de lo contrario, pienso que me reiría de… Por lo demás, no dejes que Alfred Douglas suponga que le atribuyo motivos indignos. En su vida realmente no tenía motivos en absoluto. Los motivos son algo intelectual. Él tenía meras pasiones. Y esas pasiones son falsos dioses que se cobran víctimas a cualquier precio, y en este caso han tenido una coronada de laurel. Por su parte, no puede sino elegir sentir cierto remordimiento. Para él, darse cuenta de lo que ha hecho sería una carga demasiado pesada. Pero de vez en cuando debe pensar en ello, así que en tu carta cuéntame cómo vive, cuáles son sus ocupaciones y su modo de vida.


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