El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere MISTRESS ERLYNNE.- Los ideales son siempre peligrosos. Prefiero las realidades. Hieren, pero son preferibles.
LADY WINDERMERE.- Si yo perdiese mis ideales, habría perdido todo.
MISTRESS ERLYNNE.- ¿Todo?
LADY WINDERMERE.- Sí, todo.
MISTRESS ERLYNNE.- ¿Le hablaba a usted muy a menudo su padre de su madre?
LADY WINDERMERE.- No; le daba demasiada pena. Él mismo me contó cómo mi madre murió pocos meses después de nacer yo. Y tenía, mientras hablaba, los ojos llenos de lágrimas. Luego me pidió que no volviese a pronunciar su nombre delante de él. Oírlo sólo, le hacía sufrir. Realmente, puede decirse que mi padre murió de pena. ¡No he conocido vida más triste que la suya!
MISTRESS ERLYNNE.- ( Levantándose.) No tengo más remedio que irme, lady Windermere.
LADY WINDERMERE. - ( Levantándose.) ¡Oh, no, todavía no! ¿Qué apuro tiene?
MISTRESS ERLYNNE.- Se me hace un poco tarde. Ya debe de haber vuelto mi coche. Lo envié a casa de lady Bilston con una tarjeta.
LADY WINDERMERE.- Arturo ¿querrías ver si ya ha vuelto el coche de mistress Erlynne?