El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere MISTRESS ERLYNNE.- ¡Oh, no, no se moleste usted, lord Windermere!
LADY WINDERMERE.- SÃ, Arturo, ve a ver, haz el favor. (LORD WINDERMERE titubea un instante, mirando a MISTRESS ERLYNNE. Esta permanece impasible. LORD WINDERMERE sale.) ¡Oh!
¿Cómo decirle a usted lo que siento? ¡Anoche me salvó usted!
MISTRESS ERLYNNE.- ¡Chis!... No hablemos más de eso.
LADY WINDERMERE.- No; es preciso que hablemos. Yo no puedo dejar que usted crea que voy a aceptar su sacrificio. No, no puedo aceptarlo.
Es demasiado grande. Yo se lo diré todo a mi marido. Es mi deber.
MISTRESS ERLYNNE.- No hay tal cosa. No es el deber de usted... Por lo menos, usted tiene también deberes con otras personas que él. ¿No dice usted que también a mà me debe algo?
LADY WINDERMERE. - ¡Todo!
MISTRESS ERLYNNE. - Entonces, pague usted su deuda con el silencio. Es el único modo de pagarla. No eche usted a perder lo único bueno que he hecho en mi vida, revelándolo a los demás.