El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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DUQUESA.- ¡Ah! Ésa es precisamente la cuestión querida. Por lo menos, él va a verla continuamente y se pasa horas y horas en su casa, y mientras él está allí, ella no recibe a nadie. No es que vayan verla muchas señoras, no; pero, en cambio, tiene un sinfín de amistades del sexo masculino, todos ellos calaveras de profesión, y mi hermano entre otros, como le dije a usted; y esto es justamente lo que agrava la conducta de Windermere. ¡Y nosotros que le teníamos por un marido modelo! Mis sobrinas, las de Saville -usted las conoce, creo-, unas muchachas muy caseras, y feas, horrorosamente feas, pero ¡tan buenas! -se pasan la vida al balcón haciendo labores de fantasía. Y esos trajes para los pobres, horribles, sí, pero muy útiles en estos tiempos tremendos de socialismo-. Pues, figúrese usted que esa mujer ha tomado una casa frente a la de ellas. ¡Parece mentira, una calle tan respetable! No sé, realmente, adónde vamos a parar. Bueno; pues ellas me han dicho que Windermere va a verla cuatro y cinco veces por semana. Ellas le ven entrar; no 21





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