El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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tienen más remedio. Y aunque ellas no sean aficionadas a chismes y cuentos, pues claro, no han podido menos de contárselo a todo el mundo. Y lo peor, según parece, es que esa mujer vive, y muy bien, a costa de alguien, pues hace seis meses, cuando llegó a Londres, no traía, por decirlo así, ni un céntimo, y ahora tiene esa casa divinamente puesta, según dicen los que la han visto, y coche propio, y ¡qué sé yo! Todo ello desde que conoce a ese pobre Windermere.

LADY WINDERMERE.- ¡Oh, no puedo creerlo!

DUQUESA.- Pues es la pura verdad, querida.

Todo Londres lo sabe. Por eso he creído de mi deber venir a hablar con usted para aconsejarla que se lleve a Windermere una temporada fuera de Londres, a Trouville, por ejemplo, o a Niza, o a algún sitio donde se distraiga, y donde usted pueda vigilarle durante todo el día. No sabe usted, querida, las veces que en mi vida de casada he tenido que fingir alguna enfermedad y resignarme a beber las aguas minerales más desagradables, con tal de sacar a Berwick de Londres. ¡Era de un corazón tan sensible! Aunque, eso sí, puedo asegurar que nunca dio mucho dinero a nadie. En esto, por lo menos, es de principios muy elevados.


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