El abanico de Lady Windermere

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LADY WINDERMERE. – ( Interrumpiéndola.) ¡Es imposible, duquesa; le digo a usted que es imposible! ( Levantándose y cruzando la escena hacia el centro.) No hace más que dos años que estamos casados. Nuestro hijo no tiene más que seis meses...

( Se sienta en una silla junta a la mesa.) DUQUESA.- ¡Ah!, ¿y ese encanto, cómo sigue?

¿Es niño o niña? Espero que niña... ¡Ah, no; ahora recuerdo que es niño! Lo siento. Los niños son muy malos. El mío es de una inmoralidad atroz. No puede usted figurarse a qué horas vuelve a casa. Y eso que acaba de salir del colegio hace pocos meses. No sé, realmente, qué les enseñan allí.

LADY WINDERMERE.- ¿Cree usted que todos los hombres son malos?

DUQUESA.- Absolutamente todos, sin excepción.

Y que nunca mejoran. Se vuelven viejos; pero mejores jamás.

LADY WINDERMERE.- Windermere y yo nos casamos por amor.

DUQUESA.- Sí, así empezamos nosotros. Sólo las amenazas constantes y brutales de suicidio de Berwick me hicieron aceptar su mano y, sin embargo, antes del año ya estaba corriendo detrás de toda clase de faldas, negras y blancas, finas y ordinarias.


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