El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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Y todavía en la luna de miel, le pesqué con una de mis doncellas, una muchacha muy bonita y muy decente. Claro que la despedí enseguida, sin certificado. O no; recuerdo que se la cedí a mi hermana ¡Ese pobre sir Jorge es tan corto de vista, que creí que no importaba! Pero importó, importó según parece. ( Levantándose.) Bueno, hija mía, tengo que irme; esta noche comemos fuera. No vaya usted tomar demasiado a pecho esa pequeña aberración de Windermere. Lléveselo usted al extranjero, verá cómo vuelve a usted.

LADY WINDERMERE.- ¿Cómo vuelve a mí?

DUQUESA. - Sí, hija mía; esas condenadas mujeres nos quitan nuestros maridos; pero éstos acaban siempre por volver a nosotras; aunque, eso sí, un tanto averiados. Y no le haga usted ninguna escena; los hombres detestan las escenas.

LADY WINDERMERE.- Ha sido usted muy buena duquesa, en venir a contarme todo eso. Pero no puedo creer que mi marido me sea infiel.

DUQUESA. - ¡Ay, hija mía! ¡Así era yo antes!

Ahora sé ya que todos los hombres son unos monstruos (LADY WINDERMERE tira de la campanilla.) Lo único que se puede hacer es dar bien de comer a esos bandidos. Un buen cocinero hace 24

maravillas; y eso ya lo tiene usted. Pero ¿no irá usted a llorar, mi querida Margarita?


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