El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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Usted es más para mí que el mundo entero. ¿Qué le da a usted su marido? ¡Nada! Todo lo que hay en él, él lo da a esa miserable mujer, que se ha atrevido a presentar a usted, a traer a su casa, para humillarla a usted delante de todo el mundo. Yo la ofrezco a usted mi vida...

LADY WINDERMERE.- ¡Lord Darlington!

LORD DARLINGTON.- Mi vida..., mi vida entera. Tómela usted; haga con ella lo que se le antoje... Yo la quiero a usted..., la quiero como no he querido nunca nada en el mundo. ¡Desde el momento en que la conocí a usted, la he querido ciegamente, locamente! Usted se dio cuenta entonces... Ahora, ya lo sabe usted. Salga usted hoy mismo de esta casa. Yo no le diré a usted que el mundo no importa, ni el qué dirán. No; importa mucho. Importan demasiado. Pero hay momentos en que es preciso escoger entre vivir la vida propia de uno plenamente, hondamente, a arrastrar una de esas existencias falsas, superficiales, degradantes, que el mundo en su hipocresía exige. Ese momento se le ha presentado a usted ahora. ¡Elija!

LADY WINDERMERE. - ( Apartándose lentamente de él y mirándole con ojos medrosos.) No me atrevo...

LORD DARLINGTON. - ( Siguiéndola.) Sí; es preciso que usted se atreva... Serán seis meses de dolor, de desesperación acaso; pero cuando, en vez de su nombre, lleve usted el mío, todo cambiará.


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