El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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Tenga usted valor. Margarita, amor mío...

¡Reflexione usted! ¿Qué es usted ahora? Esa mujer ocupa el sitio que pertenece por derecho propio a usted. ¡Oh, salga, salga usted de esta casa, alta la cabeza, con la sonrisa en los labios! Todo Londres sabrá por qué lo hizo usted; y ¿quién se atrevería a censurarla? ¡Nadie! Y si lo hacen, ¿qué importa?

¿Que está mal? ¿Qué es lo que está mal? Mal está que un marido abandone a su mujer por otra, indigna y sin pudor. Mal está que una mujer permanezca con el hombre que la deshonra. Usted decía antes que nunca transigiría. Pues bien, ¡no transija usted ahora! ¡Valor! ¡Atrévase a ser usted misma!

LADY WINDERMERE.- Me da miedo ser yo misma... ¡Déjeme usted reflexionar! ¡Aguardemos!

¡Mi marido puede volver a mí! ( Se sienta de nuevo en el sofá. )

LORD DARLINGTON.- ¿Y usted lo recibiría?

No es usted entonces la mujer que yo creía. Es usted como todas. Dispuesta a soportarlo todo antes que arrostrar la censura de un mundo cuya alabanza usted misma desprecia. No pasará una semana sin que se la vea a usted paseando por el Parque en compañía de esa mujer. Será la amiga más íntima de usted, su inseparable. Usted lo soportará todo antes que cortar de un golpe ese nudo monstruoso. Decía usted bien: es usted muy cobarde.


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