El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere Siento mucho haberla dicho a usted lo que la dije esta tarde. Por otra parte, no cabe duda que debe de ser una persona bien desde el momento en que usted la invita. Es muy simpática y muy sensata, al parecer. Me ha dicho que no aprueba que nadie se case por segunda vez; así que ya me siento tranquila por el pobre Augusto. No sé por qué la gente habla tan mal de ella. Culpa, sin duda, de esas horrendas sobrinas mías - las chicas de Saville-, que están siempre trayendo y llevando chismes. Sin embargo, yo que usted me iría una temporadita fuera. Por si acaso. Es demasiado atractiva. Pero ¿dónde está Agatha? ¡Ah!... allí viene. ( Entran de la terraza LADY
AGATHA y MÍSTER HOPPER.) Estoy muy enfadada con usted, míster Hopper, ¿Por qué, con lo de-licada que es, se la ha llevado usted a la terraza?
HOPPER. - ¡Cuánto lo siento, duquesa! No salimos más que por un momento; pero hablando hablando se nos paso el tiempo.
DUQUESA.- ¡Ah, hablando! ¿Sin duda de la querida Australia?
HOPPER. - ¡Exacto!
DUQUESA. - ¡Agatha, querida! ( Llamándola aparte.) AGATHA.- ¿Qué, mamá?
DUQUESA. - ¿ Qué?... ¿Al fin, míster Hopper?...
AGATHA.- Sí, mamá.
DUQUESA.- ¿Y tú, le has contestado, mi alma?