El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere LADY WINDERMERE.- Mistress Erlynne... Si no llega usted a venir, yo sola habrÃa vuelto. Pero ahora que la veo a usted, comprendo que por nada del mundo me serÃa ya posible vivir bajo el mismo techo que lord Windermere. ¡Me da usted asco! Hay en usted un no sé qué que me llena de ira. Y sé por qué ha venido usted aquÃ. Mi marido la envÃa para que me convenza de que vuelva a casa y les sirva a ustedes de pantalla.
MISTRESS ERLYNNE.- ¡Oh! ¡No es posible que usted piense eso, no es posible!
LADY WINDERMERE.- Vuelva usted a mi marido, mistress Erlynne. Suyo es, y no mÃo... Sin duda, es el escándalo lo que teme, ¿verdad? ¡Qué cobardes son los hombres! Infringen las leyes del mundo, y temen luego el qué dirán del mundo. Pero ya puede irse preparando. Tendrá escándalo. Un escándalo como hace muchos años que no lo ha habido en Londres. Verá su nombre y el mÃo en los periódicos más inmundos.
MISTRESS ERLYNNE.- ¡No!... ¡No!
LADY WINDERMERE.- ¡SÃ! Lo tendrá... Si hubiera venido él mismo, acaso hubiese vuelto a esa vida de degradación que usted y él me preparaban...
SÃ, a punto de volver estaba ya. ¡Pero quedarse él en casa y enviarme a usted de embajadora!... ¡Qué infamia!