El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere MISTRESS ERLYNNE. - ¿Atrevido? ¡Oh! para salvarla a usted del abismo en que está a punto de caer, no hay nada en el mundo a que yo no me atreviera, ¡nada! Aquà tiene usted la carta. Su marido repito que no la ha leÃdo, ni la leerá nunca.
( Dirigiéndose a la chimenea.) ¡Nunca deberÃa haber sido escrita! ( La rompe y arroja los pedazos al fuego. ) LADY WINDERMERE. - ( Con un infinito desprecio en la voz y en la mirada. ) ¿Y qué me prueba que ésta fuera realmente mi carta? ¡Usted se figura que se me puede coger en el lazo más burdo!
MISTRESS ERLYNNE. - ¡Ay! ¿Por qué no cree usted nada de lo que le digo? ¿Qué objeto piensa usted que puedo yo tener al venir aquÃ, sino salvarla a usted de la ruina, salvarla de las consecuencias de un error funesto? Esa carta que acabo de quemar era la de usted. ¡Se lo juro!
LADY WINDERMERE. - Mucha prisa se dio usted a quemarla, antes de dejármela ver. No puedo creerla ¿Cómo usted, cuya vida es toda una mentira, iba a poder decir alguna vez la verdad?
MISTRESS ERLYNNE.- Piense usted de mà lo que quiera... Diga contra mà lo que se antoje.... per venga usted conmigo. Venga usted a reunirse de nuevo con un marido que usted quiere.