El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere MISTRESS ERLYNNE. - ( Está a punto de abrazarla, pero se contiene. Un resplandor de suprema alegrÃa anima su rostro. ) ¡Vamos! ¿Dónde está su capa? ( Recogiéndola del diván.) Aquà está. Póngasela usted. ¡Vamos enseguida! ( Se dirigen hacia la puerta.) LADY WINDERMERE.- ¡Silencio! ¿No oye usted voces?
MISTRESS ERLYNNE. - ¡No, no! ¡No es nada!
LADY WINDERMERE.- ¡Sà es! ¡Escuche! ¡Oh, es la voz de mi marido! ¡Viene hacia aquÃ! ¡Sálveme usted! ¡Ah, esto debe ser algún complot! ¡Usted lo ha mandado a buscar! ( Voces dentro.) MISTRESS ERLYNNE.- ¡Silencio! Yo estoy aquà para salvarla a usted, si puedo. ¡Pero temo que sea demasiado tarde! ¡AllÃ! (LADY WINDERMERE se esconde detrás de la cortina.) ( Dentro. ) ¡Es absurdo, mi querido Arturo! ¡Nada, que no te dejamos ir!
MISTRESS ERLYNNE.- ¡Lord Augusto!
¡Entonces soy yo la que estoy perdida! ( Titubea un momento, mira en torno suyo y, al fin, viendo la puerta de la derecha, se mete por ella. Entran. ) DUMBY. - ¡Qué fastidio que nos echen del club a esta hora! ¡Si no son más que las dos! ( Dejándose caer en un sillón.) La hora más a propósito para divertirse.
( Bosteza y cierra los ojos.) LORD WINDERMERE. - Realmente, lord Darlington, es usted muy amable permitiendo a Augusto que le imponga asà nuestra compañÃa; pero siento no poder estar más que un momento.
LORD DARLINGTON.- El que lo siente soy yo.