El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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WINDERMERE se levanta.) Se lo dirá. Seguramente que, si no se lo ha dicho, se lo dirá ÂżPor quĂ© iba a vacilar entre su pĂ©rdida y la mĂ­a? ¡QuĂ© extraño! Yo querĂ­a afrentarla pĂşblicamente en mi casa, y ahora ella acepta el escándalo y la afrenta en casa de otro por salvarme a mĂ­... ¡QuĂ© amargas ironĂ­as tiene el Destino! ¡Y quĂ© lecciĂłn para mĂ­! ¡Lástima que en la vida recibamos estas lecciones cuando ya no nos sirven de nada! Pues si ella no habla, tendrĂ© que hacerlo yo. Es mi deber... ¡QuĂ© vergĂĽenza, quĂ© vergĂĽenza! Decirlo es volver a vivir. En la vida las acciones son la primera tragedia; las palabras segunda, y acaso la peor de las dos. Las palabras implacables... ¡Oh! ( Se estremece al entrar LORD

WINDERMERE.)

LORD WINDERMERE. - ( Besándola. ) ¡Margarita¡

¡Qué pálida estás!

LADY WINDERMERE.- He dormido muy mal.

LORD WINDERMERE. - ( Sentándose en el sofá junto a ella.) ¡ Cuánto lo siento! Volví a casa muy tarde y no quise despertarte. Pero... ¿estás llorando?

LADY WINDERMERE.- SĂ­, estoy llorando...

¡Quiero decirte una cosa, Arturo!

LORD WINDERMERE. - Querida Margarita, tú estás bien. Tienes un poco de cansancio. Te convendría reposar. Si quieres, nos iremos al campo una temporada. Sí, hoy mismo si te parece.


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