El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere LORD WINDERMERE.- Sí, la conozco a usted a fondo. Durante veinte años vivió usted sin su hija, sin un solo pensamiento para su hija; cuando un día leyó en los periódicos que se había casado con un hombre rico, vio usted el cielo abierto. Usted sabía que para evitarle a ella la ignominia de saber que una mujer como usted era su madre, yo pasaría por todo. Y empezó el chantaje.
MISTRESS ERLYNNE. - ( Encogiéndose de hombros.) No emplee usted palabras feas, Windermere. Es una ordinariez. Cierto que vi la probabilidad que se me ofrecía, y la aproveché.
LORD WINDERMERE.- Sí, la aprovechó usted...
y la perdió anoche, al ser descubierta en casa de lord Darlington.
MISTRESS ERLYNNE.- ( Con una extraña sonrisa.) Tiene usted razón, la perdí anoche.
LORD WINDERMERE.- Y encima, por si fuera poco, se lleva usted de aquí el abanico de mi mujer y se lo deja luego olvidado en el sofá. Fue una equivo-cación imperdonable. Me parece que no podré ya soportar la vista de ese maldito abanico. No permi-tiré que mi mujer vuelva a usarlo. Preferiría que lo hubiese usted guardado en vez de devolverlo.
MISTRESS ERLYNNE.- Pues lo guardaré.
( Cogiendo el abanico.) Es precioso. Se lo pediré a Margarita.