El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere ¡Oh, no vaya a creer que pienso tener con ella una escena patética, ni llorar en sus brazos y decirle quién soy!... No. No tengo la menor ambición de desempeñar el papel de madre. Anoche fue, y fue terrible... No sabe usted lo que sufrí. Durante veinte años, como usted dice, he vivido sin hija.... y sin hija quiero seguir viviendo. ( Ocultando su sentimiento con una risa banal. ) Además, mi querido Windermere, ¿qué iba yo a hacer con una hija tan crecida? Margarita tiene veintiún años, yo nunca he confesado más de veintinueve, o treinta, a lo sumo; según la luz. Ya ve usted que sería imposible. No; por mí puede usted dejar a su mujer que continúe venerando la memoria de esa madre muerta y sin mácula. ¿A qué quitarle las ilusiones? Ya me cuesta a mí bastante conservar las mías. Anoche perdí una. Creí que no tenía corazón, y resulta que lo tengo. Figúrese usted, Windermere: ¿qué voy yo a hacer con el corazón?
El corazón le hace parecer a una más vieja, y ( cogiendo de la mesa un espejito de mano y mirándose en él) echa a perder nuestra carrera en los momentos críticos.
LORD WINDERMERE. - ¡Me da usted horror!
MISTRESS ERLYNNE. - Usted, sin duda, querría verme retirada en un convento, o entrar de enfermera en un hospital, o algo por el estilo,
¿verdad Windermere? Una tontería, amigo mío.