El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville No hubiera podido decir dónde se dirigÃa. TenÃa un vago recuerdo de haber vagado a través de un laberinto de sórdidas construcciones, de haberse extraviado en una red gigantesca de calles sombrÃas y ya apuntaba la aurora, cuando al fin se encontró en Picadilly Circus. Pocos minutos después, según caminaba hacia Belgrave Square, se encontró con los grandes carromatos que se dirigÃan hacia el mercado de Covent Garden. Los carreteros con sus blusas blancas, los rostros bronceados por el sol y sus recios cabellos ondulados, avanzaban con paso vigoroso, restallando los látigos y llamándose de vez en cuando los unos a los otros. Sobre un caballo gris gigantesco, que guiaba a todos los demás, iba un rapaz regordete, con un ramo de prÃmulas en su ajado sombrero. Iba asido fuertemente a las crines con sus manecitas y reÃa a carcajadas; aquellas inmensas pirámides de verdura semejaban cúmulos de jade sobre el cielo de la mañana, cúmulos de verde jade sobre los pétalos rosados de alguna flor maravillosa. Lord Arthur se sintió extrañamente conmovido, sin poder decir por qué. HabÃa algo en la delicada belleza de la aurora, que le emocionaba inefablemente y pensó en todos los dÃas que nacen en la belleza y mueren en la borrasca. ¡Qué Londres tan sorprendente conocÃan aquellos campesinos de voces alegres y rudas, de andar cadencioso! ¡Un Londres exento de los pecados nocturnos y de los humos del dÃa; un Londres pálido y algo espectral, semejante a una desolada ciudad de tumbas! Hubiera deseado saber qué sensación despertaba en ellos; si conocÃan algo de su esplendor y de su vergüenza; de sus irisados placeres y de su hambre pavorosa, de todo lo que brota y se marchita desde la mañana hasta la noche. Probablemente, no era para ellos sino el mercado adonde traÃan a vender sus frutos y donde a lo sumo se detenÃan algunas horas, abandonándolo cuando aún las calles continuaban silenciosas y las casas aún dormidas. Complacióse en verlos desfilar uno tras otro.