El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville El dÃa que se celebró el matrimonio, unas tres semanas después, la iglesia de San Pedro veÃase invadida por una elegantÃsima muchedumbre. Los santos oficios fueron leÃdos por el Deán de Chichester del modo más conmovedor. Y fue opinión unánime que nunca se habÃa visto una pareja tan encantadora como la que formaban la novia y el novio. Brillaba en ellos, sin embargo, algo más que la belleza; y era la felicidad. Ni por un solo momento sintió Lord Arthur todo lo que habÃa sufrido por causa de Sybil. Y ella, por su parte, le colmó de todo lo que una mujer puede ofrecer a un hombre, de adoración, ternura y amor. Para ellos, la ilusión se impuso a la realidad. Y se sintieron eternamente jóvenes.
Pasados algunos años, cuando ya tenÃan dos preciosos niños, fue a visitarles Lady Windermere a Alton Priory, una vetusta y deliciosa propiedad, regalo de boda del Duque a su hijo; una tarde, sentada con Sybil en el jardÃn a la sombra de un tilo, viendo cómo jugaban los dos niños, semejantes a dos rayos de sol traviesos, en una avenida de rosales, tomó, de pronto, Lady Windermere entre sus manos las manos de Sybil y le preguntó:
—¿Eres realmente feliz, hija mÃa?
—¡Pues claro que sÃ, querida Lady Windermere! ¿Y usted, no lo es también?
—No tengo tiempo para serlo, Sybil; siempre me gusta la última persona que me presentan. Pero, por lo general, apenas la conozco me canso de ella.
