El Pescador y su alma
El Pescador y su alma Al escuchar las amargas palabras del cura, al joven Pescador se le l enaron de lágrimas los ojos; se levantó y repuso:
—Padre, los faunos viven en la selva, y viven contentos; y los tritones vienen a descansar sobre las rocas del acantilado, con sus arpas doradas. Déjame ser como el os, te lo ruego, porque sus dÃas son como los dÃas de las flores. Y en cuanto a mi alma, dime tú, ¿de qué me sirve si se interpone entre yo y el ser que amo?
—El amor del cuerpo es ruin —exclamó el cura, frunciendo el ceño—, y los seres paganos que Dios permite que vaguen por el mundo, también son ruines y maléficos. ¡Malditos los faunos del bosque, y malditos los cantores del Mar! Los he oÃdo a veces en las noches, e intentan distraerme de mi rosario.
Llaman a mi ventana levemente, y rÃen, y me susurran al oÃdo el cuento de sus placeres peligrosos. Me seducen con sus proposiciones y cuando me propongo rezar me hacen muecas. ¡Te digo que están perdidos, están perdidos!... Para el os no hay cielo ni infierno y en ninguno lugar podrán alabar el nombre del Señor.
—Padre —replicó el joven Pescador—, tú no sabes lo que dices. Una tarde capturé en mis redes a la hija de un Rey del Mar. Y es más hermosa que la estrel a de la mañana y más blanca que la luna. Yo daré mi alma por su cuerpo y renunciaré al cielo por su amor. Contesta mi pregunta y déjame ir en paz.