El Pescador y su alma
El Pescador y su alma El alma suplicó, plañidera, pero el Pescador, sin hacerle caso, bajó saltando de risco en risco, tan seguro de pies como una cabra. Por fin l egó a la playa amaril enta junto al mar.
Recio y bronceado, como una estatua esculpida por un griego, se alzó sobre la arena, de espaldas a la luna; y, de la espuma, surgieron, l amándolo, unos brazos blancos, y de las olas se levantaron formas indecisas, rindiéndole homenaje. Delante suyo, yacía su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detrás, en el aire, colgaba la luna color miel.
Su alma todavía le dijo:
—Si realmente quieres echarme, no me despidas sin corazón. El mundo es cruel, dame tu corazón para l evarlo conmigo.
Pero el Pescador, moviendo la cabeza, sonrió:
—¿Cómo voy a amar a mi amor si te doy mi corazón?
—Sé generoso —insistió el alma —, dame tu corazón, que el mundo es muy cruel y tengo miedo.
—Mi corazón es de mi amor —dijo él—. No seas porfiada y vete.
—¿Y no podré amar yo también? —preguntó su alma.
—¡Ándate, te digo, yo no te necesito para nada!