El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Lord Henry se encogió de hombros.
—Amigo mÃo, el arte medieval es encantador, pero las emociones medievales están anticuadas. Se las puede utilizar en las novelas, por supuesto. Pero las cosas que se pueden utilizar en la narrativa son las que han dejado de usarse en la vida real. Créeme, ningún hombre civilizado se arrepiente nunca de un placer, y los no civilizados nunca llegan a saber qué es un placer.
—Yo sé lo que es el placer —exclamó Dorian Gray—. Adorar a alguien.
—Sin duda eso es mejor que ser adorado —respondió lord Henry, jugueteando con una fruta—. Ser adorado es muy molesto. Las mujeres nos tratan como la humanidad trata a sus dioses. Nos rinden culto y están siempre molestándonos para que hagamos algo por ellas.
—Yo dirÃa que cualquier cosa que piden nos la han dado antes —murmuró el muchacho con mucha seriedad—. Crean el amor en nuestra alma. Tienen derecho a pedir correspondencia.
—Eso es completamente cierto —exclamó Hallward.
—Nada es completamente cierto —dijo lord Henry.
—Esto sà —le interrumpió Dorian—. Has de admitir, Harry, que las mujeres entregan a los hombres el oro mismo de sus vidas.