El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Es posible —suspiró el otro—, pero inevitablemente lo reclaman en calderilla. Ése es el problema. Las mujeres, como dijo en cierta ocasión un francés con mucho ingenio, despiertan en nosotros el deseo de producir obras maestras, pero luego nos impiden siempre llevarlas a cabo.
—¡Eres horrible, Harry! No sé por qué te tengo tanto afecto.
—Me lo tendrás siempre —replicó lord Henry—. ¿Tomaréis café? Camarero, traiga café, fine champagne y cigarrillos. No, olvÃdese de los cigarrillos; tengo algunos yo. Basil, no te permito que fumes puros. Enciende un cigarrillo. El cigarrillo es el perfecto ejemplo de placer perfecto. Es exquisito y deja insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir? SÃ, Dorian, siempre me tendrás afecto. Represento para ti todos los pecados que nunca has tenido el valor de cometer.
—¡Qué cosas tan absurdas dices! —exclamó el muchacho, utilizando el encendedor de plata con forma de dragón que el camarero habÃa dejado sobre la mesa.
—Vámonos al teatro. Cuando Sibyl salga a escena, encontrarás un nuevo ideal de vida. Significará para ti algo que nunca has conocido.