El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Lo he conocido todo —dijo lord Henry, en sus ojos una expresión de cansancio—, pero siempre estoy dispuesto a experimentar una nueva emoción. Mucho me temo, sin embargo, que, al menos para mÃ, eso es algo que no existe. De todos modos, quizá tu maravillosa chica me subyugue. Me encanta el teatro. Es mucho más real que la vida. Vamos, Dorian. Tú vendrás conmigo. Lo siento, Basil, pero sólo hay sitio para dos en la berlina. Tendrás que seguirnos en un coche de punto.
Se levantaron para ponerse los abrigos, tomándose el café de pie. El pintor, preocupado, habÃa enmudecido. Le habÃa invadido la melancolÃa. Le desagradaba mucho aquel matrimonio, aunque en realidad le parecÃa mejor que otras muchas cosas que podrÃan haber sucedido. Muy poco después salÃan a la calle. Hallward se dirigió solo hacia el teatro, como habÃan convenido, y estuvo contemplando las luces parpadeantes de la berlina que le precedÃa. Tuvo la extraña sensación de haber perdido algo. Sintió que Dorian Gray ya no serÃa nunca para él lo que habÃa sido en el pasado. La vida se habÃa interpuesto entre los dos… Los ojos se le llenaron de oscuridad y vio las calles, abarrotadas y centelleantes, a través de una niebla. Cuando el coche de punto se detuvo ante el teatro tuvo la sensación de haber envejecido varios años.