El Retrato de Dorian Gray

El Retrato de Dorian Gray

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—No —dijo Dorian Gray—; no tiene nada de terrible. Es una de las grandes tragedias románticas de nuestra época. Por regla general, los actores llevan una vida bien corriente. Son buenos maridos, o esposas fieles, o algo igualmente tedioso. Ya sabes a qué me refiero, virtudes de la clase media y todas esas cosas. ¡Qué diferente era Sibyl, que ha vivido su mejor tragedia! Fue siempre una heroína. La última noche que actuó, la noche en que tú la viste, su interpretación fue mala porque había conocido la realidad del amor. Cuando conoció su irrealidad, murió, como podría haber muerto Julieta. Volvió de nuevo a la esfera del arte. Había algo de mártir en ella. Su muerte tiene toda la patética inutilidad del martirio, toda su belleza desperdiciada. Pero, como iba diciendo, no debes pensar que no he sufrido. Si hubieras venido ayer en cierto momento, hacia las cinco y media, quizá, o las seis menos cuarto, me habrías encontrado llorando. Incluso Harry, que estaba aquí y fue quien me trajo la noticia, no se dio cuenta de lo que me sucedía. Sufrí inmensamente. Luego el sufrimiento acabó. No puedo repetir una emoción. Nadie puede, excepto las personas sentimentales. Y tú eres terriblemente injusto, Basil. Vienes aquí a consolarme. Es muy de agradecer. Me encuentras consolado y te enfureces. ¡Bien por las personas compasivas! Me haces pensar en una historia que me contó Harry acerca de cierto filántropo que se pasó veinte años tratando de rectificar un agravio o de cambiar una ley injusta, no recuerdo exactamente de qué se trataba. Finalmente lo consiguió, y su decepción fue inmensa. Como no tenía absolutamente nada que hacer, casi se murió de ennui, convirtiéndose en un perfecto misántropo. Y además, mi querido Basil, si realmente quieres consolarme, enséñame más bien a olvidar lo que ha sucedido o a verlo desde el ángulo artístico más conveniente. ¿No era Gautier quien hablaba sobre la consolation des arts? Recuerdo haber encontrado un día en tu estudio un librito con tapas de vitela en el que descubrí por casualidad esa frase deliciosa. Bien, no soy como el joven de quien me hablaste cuando estuvimos juntos en Marlow, el joven para quien el satén amarillo podía consolar a cualquiera de todas las tristezas de la vida. Me gustan las cosas hermosas que se pueden tocar y utilizar. Brocados antiguos, bronces con cardenillo, objetos lacados, marfiles tallados, ambientes exquisitos, lujo, pompa: es mucho lo que se puede disfrutar con todas esas cosas. Pero el temperamento artístico que crean, o que al menos revelan, tiene todavía más importancia para mí. Convertirse en el espectador de la propia vida, como dice Harry, es escapar a sus sufrimientos. Ya sé que te sorprende que te hable de esta manera. No te has dado cuenta de cómo he madurado. No era más que un colegial cuando me conociste. Soy un hombre ya. Tengo nuevas pasiones, nuevos pensamientos, nuevas ideas. Soy diferente, pero no debes tenerme menos afecto. He cambiado, pero tú serás siempre mi amigo. Es cierto que a Harry le tengo mucho cariño. Pero sé que tú eres mejor. Menos fuerte, porque le tienes demasiado miedo a la vida, pero mejor. Y, ¡qué felices éramos cuando estábamos juntos! No me dejes, Basil, ni te pelees conmigo. Soy lo que soy. No hay nada más que decir.


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