El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¿Con esta niebla, mi querido Basil? ¡Soy incapaz de reconocer Grosvenor Square! Creo que mi casa está por aquà cerca, pero tampoco estoy demasiado seguro. Siento que te vayas, porque llevo siglos sin verte. Pero supongo que volverás pronto.
—No; voy a estar ausente seis meses. Me propongo alquilar un estudio en ParÃs, y encerrarme hasta que acabe un cuadro muy importante que tengo en la cabeza. Pero no quiero hablarte de mÃ. Ya estamos delante de tu casa. PermÃteme entrar un momento. Tengo algo que decirte.
—Encantado. Pero ¿no perderás el tren? —preguntó Dorian Gray lánguidamente, mientras subÃa los escalones de la entrada y abrÃa la puerta con su llave.
La luz del farol más cercano se esforzaba por atravesar la niebla, y Hallward consultó su reloj.
—Tengo tiempo de sobra —respondió—. El tren no sale hasta las doce y cuarto y sólo son las once. De hecho me dirigÃa al club, para ver si te encontraba allÃ, cuando nos hemos cruzado. No tendré que esperar por el equipaje, porque ya he facturado los baúles. Todo lo que llevo conmigo es este maletÃn, y no tardaré más de veinte minutos en llegar a Victoria.
Dorian sonrió, mirándolo.