El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¡Qué manera de viajar para un pintor célebre! ¡Un maletÃn y un abrigo cualquiera! Entra, o la niebla se nos meterá en casa. Y hazme el favor de no hablar sobre nada serio. Nada es serio en los tiempos que corren. Por lo menos, no deberÃa serlo.
Hallward movió la cabeza mientras entraba, y siguió a Dorian hasta la biblioteca. En la gran chimenea ardÃa un alegre fuego de leña. Las lámparas estaban encendidas y, encima de una mesita de marqueterÃa, descansaba, abierto, un armarito holandés de plata para licores, con algunos sifones y altos vasos de cristal tallado.
—Como ves, tu criado no ha podido tratarme mejor. Me ha dado todo lo que querÃa, incluidos tus mejores cigarrillos de boquilla dorada. Es una persona muy hospitalaria. Me gusta mucho más que aquel francés que tenÃas antes. Por cierto, ¿qué se ha hecho de él?
Dorian se encogió de hombros.