El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Creo que se casó con la doncella de lady Radley, y la ha instalado en ParÃs como modista inglesa. La anglomanie está ahora muy de moda allÃ, según me dicen. Parece un poco tonto por parte de los franceses, ¿no crees? En realidad no era en absoluto un mal criado. Nunca me gustó, pero no tengo motivos de queja. A veces uno se imagina cosas muy absurdas. Me tenÃa cariño y, según tengo entendido, sintió mucho marcharse. ¿Quieres otro coñac? ¿O prefieres vino del Rin con agua de Seltz? Eso es lo que yo tomo siempre. Seguramente habrá una botella en la habitación de al lado.
—Gracias, no quiero nada más —dijo el pintor, quitándose la gorra y el abrigo, y arrojándolos sobre el maletÃn que habÃa dejado en un rincón—. Y ahora, mi querido Dorian, tenemos que hablar seriamente. No frunzas el ceño. Me lo pones mucho más difÃcil.
—¿De qué se trata? —exclamó Dorian, sin esconder su irritación, dejándose caer en el sofá—. Espero que no tenga nada que ver conmigo. Esta noche estoy cansado de mà mismo. Me gustarÃa ser otra persona.
—Se trata de ti —respondió Hallward con voz seria y resonante—, y no tengo más remedio que decÃrtelo. Sólo necesito media hora.
Dorian suspiró y encendió un cigarrillo.
—¡Media hora! —murmuró.