El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¡Ver mi alma! —murmuró Dorian Gray, alzándose del sofá y palideciendo de miedo.
—Sà —respondió Hallward con mucha seriedad y un tono profundamente pesaroso—; ver tu alma. Pero eso sólo lo puede hacer Dios.
Una amarga risotada de burla salió de los labios de su interlocutor.
—¡Vas a tener ocasión de verla esta misma noche! —exclamó, tomando una lámpara de la mesa—. Ven: es obra tuya. ¿Por qué tendrÃa que ocultártela? Después se lo podrás contar al mundo, si asà lo decides. Nadie te creerá. Si de verdad te creyeran, aún me tendrÃan en mayor aprecio. Conozco la época en que vivimos mejor que tú, aunque perores sobre ella tan tediosamente como lo haces. Ven, te digo. Ya has hablado bastante de corrupción. Ahora vas a tener ocasión de verla cara a cara.
La locura del orgullo estaba presente en cada palabra. Dorian Gray golpeó el suelo con el pie con insolencia de niño. La idea de que alguien compartiera su secreto le producÃa una espantosa alegrÃa, y más aún que el hombre que habÃa pintado el retrato que era el origen de toda su vergüenza cargara para el resto de su vida con el horrible recuerdo de lo que habÃa hecho.