El Retrato de Dorian Gray

El Retrato de Dorian Gray

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—Sí —continuó, acercándosele más, y mirando sin pestañear los ojos severos de su amigo—. Voy a mostrarte mi alma. Voy a mostrarte esa cosa que, según imaginas, sólo Dios puede ver.

Hallward retrocedió instintivamente.

—¡Eso es una blasfemia, Dorian! —exclamó—. No debes decir esas cosas. Son horribles, y no significan nada.

—¿Es eso lo que crees? —le replicó Dorian Gray, riendo de nuevo.

—Lo sé. En cuanto a lo que te he dicho esta noche, lo he hecho por tu bien. Sabes que he sido siempre un amigo fiel.

—No me toques. Termina lo que tengas que decir.

El dolor crispó por un instante las facciones del pintor. Quedó mudo, invadido por un sentimiento de compasión infinita. Después de todo, ¿qué derecho tenía él a inmiscuirse en la vida de Dorian? Aunque no hubiera hecho más que una décima parte de lo que de él se contaba, ¡cuánto tenía que haber sufrido! Pero enseguida se irguió, dirigiéndose hacia la chimenea, y allí se quedó, contemplando los leños, que ardían con cenizas semejantes a la escarcha y corazones palpitantes hechos de llamas.

—Estoy esperando, Basil —dijo el joven, con voz clara y dura.

El pintor se volvió.


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