El Retrato de Dorian Gray

El Retrato de Dorian Gray

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¡Qué deprisa había sucedido todo! Sintió una extraña tranquilidad y, acercándose al balcón, lo abrió para salir al exterior. El viento se había llevado la niebla, y el cielo era como la rueda de un monstruoso pavo real, tachonado de innumerables ojos dorados. Al mirar hacia la calle vio al policía del barrio haciendo su ronda y dirigiendo el largo rayo de su linterna sorda hacia puertas de casas silenciosas. La mancha carmesí de un coche de punto brilló en la esquina para desaparecer un instante después. Una mujer con un chal agitado por el viento avanzaba despacio, con paso inseguro, apoyándose en las rejas de los jardines. De cuando en cuando se detenía y volvía la vista atrás. En una ocasión empezó a cantar con voz ronca. El policía se le acercó y le dijo algo. La mujer se alejó a trompicones, riendo. Una ráfaga de viento muy frío azotó la plaza. Las luces de gas parpadearon, azuleando, y los árboles desnudos agitaron sus negras ramas de hierro. Dorian Gray se estremeció y regresó a la habitación, cerrando el balcón.

Al llegar a la puerta hizo girar la llave y la abrió. Ni siquiera se volvió para lanzar una ojeada al cadáver. Comprendía que el secreto del éxito consistía en no darse cuenta de lo sucedido. El amigo que había pintado el retrato fatal, causante de todos sus sufrimientos, había desaparecido de su vida. Eso era suficiente.


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