El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Fue entonces cuando se acordó de la lámpara. Era un ejemplo más bien curioso de artesanía musulmana, labrada en plata mate con incrustaciones de arabescos de acero bruñido, tachonada de turquesas sin pulimentar. Quizás su criado la echara de menos e hiciera preguntas. Vaciló un momento, pero acabó entrando de nuevo y recuperándola. Esta vez no pudo por menos que ver el cadáver. ¡Qué inmóvil estaba! ¡Qué horriblemente blancas y largas parecían las manos! Era como una espantosa figura de cera.
Después de cerrar nuevamente la puerta con llave, Dorian Gray bajó en silencio la escalera. Los crujidos de algunos escalones le parecieron ayes de dolor. Se detuvo varias veces y esperó. No: todo estaba en silencio. Era tan sólo el ruido de sus pasos.
Al llegar a la biblioteca, vio en un rincón el abrigo, la gorra y el maletín. Había que esconderlos en algún sitio. Abrió un ropero secreto, oculto en el revestimiento de madera, donde ocultaba sus curiosos disfraces, y los dejó allí. Podría quemarlos sin problemas más adelante. Luego sacó el reloj. Eran las dos menos veinte.