El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¡Qué mal me parece que Henry Wotton llegue tan tarde! Esta mañana, al azar, he mandado a un propio a su casa, y ha prometido con gran seriedad no defraudarme.
Era un consuelo contar con la compañía de Harry, y cuando se abrió la puerta y Dorian oyó su voz, lenta y melodiosa, que prestaba encanto a una disculpa poco sincera por su retraso, le abandonó el aburrimiento.
Durante la cena, sin embargo, fue incapaz de comer. Los criados le fueron retirando plato tras plato sin que probase nada. Lady Narborough no cesó de reprenderlo por lo que ella calificaba de «insulto al pobre Adolphe, que ha inventado el menú especialmente para usted», y alguna vez lord Henry lo miró desde el otro lado de la mesa, sorprendido de su silencio y su aire distante. De cuando en cuando el mayordomo le llenaba la copa de champán. Dorian Gray bebía con avidez, pero su sed iba en aumento.
—Dorian —dijo finalmente lord Henry, mientras se servía el chaud-froid—, ¿qué te pasa esta noche? Pareces abatido.
—Creo que está enamorado —exclamó lady Narborough—, y no se atreve a decírmelo por temor a que sienta celos. Y tiene toda la razón, porque los sentiría.