El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Mi querida lady Narborough —murmuró Dorian Gray sonriendo—. Llevo sin enamorarme toda una semana; exactamente desde que madame de Ferroll abandonó Londres.
—¡Cómo es posible que los hombres se enamoren de esa mujer! —exclamó la anciana señora—. Es algo que no consigo entender.
—Se debe sencillamente a que madame de Ferroll se acuerda de la época en que usted no era más que una niña, lady Narborough —dijo lord Henry—. Es el único eslabón entre nosotros y los trajes cortos de usted.
—No se acuerda en absoluto de mis trajes cortos, lord Henry. Pero yo la recuerdo perfectamente en Viena hace treinta años, asà como los escotes que llevaba por entonces.
—Sigue siendo partidaria de los escotes —respondió lord Henry, cogiendo una aceituna con los dedos—, y cuando lleva un vestido muy elegante parece una édition de luxe de una mala novela francesa. Es realmente maravillosa y siempre depara sorpresas. Su capacidad para el afecto familiar es extraordinaria. Al morir su tercer esposo, el cabello se le puso completamente dorado de la pena.
—¡Harry, cómo te atreves! —protestó Dorian.
—Es una explicación sumamente romántica —rió la anfitriona—. Pero ¡su tercer marido, lord Henry! ¿No querrá usted decir que Ferroll es el cuarto?