El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —No es necesario que te enfades. Fue en casa de mi tÃa, lady Agatha. Me dijo que habÃa descubierto a un joven maravilloso que iba a ayudarla en el East End y que se llamaba Dorian Gray. Tengo que confesar que nunca me contó que fuese bien parecido. Las mujeres no aprecian la belleza; al menos, las mujeres honestas. Me dijo que era muy serio y con muy buena disposición. Al instante me imaginé una criatura con gafas y de pelo lacio, horriblemente cubierto de pecas y con enormes pies planos. Ojalá hubiera sabido que se trataba de tu amigo.
—Me alegro mucho de que no fuese asÃ, Harry.
—¿Por qué?
—No quiero que lo conozcas.
—¿No quieres que lo conozca?
—No.
—El señor Dorian Gray está en el estudio —anunció el mayordomo, entrando en el jardÃn.
—Ahora tienes que presentármelo —exclamó lord Henry, riendo.
El pintor se volvió hacia su criado, a quien la luz del sol obligaba a parpadear.
—DÃgale al señor Gray que espere, Parker. Me reuniré con él dentro de un momento.
El mayordomo hizo una inclinación y se retiró.
Hallward se volvió después hacia lord Henry.