El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Perdóneme —murmuró el otro—. Estaba equivocado. Una palabra oÃda en ese maldito antro ha hecho que me confundiera.
—Será mejor que vuelva a casa y abandone esa arma. De lo contrario, tendrá problemas —dijo Dorian Gray, dándose la vuelta y alejándose lentamente calle abajo.
James Vane, horrorizado, inmóvil en mitad de la calzada, empezó a temblar de pies a cabeza. Poco después, una sombra oscura que se habÃa ido acercando sigilosamente pegada a la pared, salió a la luz y se le acercó con pasos furtivos. El marinero sintió una mano en el brazo y se volvió a mirar sobresaltado. Era una de las mujeres que bebÃan en el bar.
—¿Por qué no lo has matado? —le susurró, acercando mucho el rostro ojeroso al de James—. Me di cuenta de que lo seguÃas cuando saliste corriendo de casa de Daly. ¡Pobre imbécil! TendrÃas que haberlo matado. Tiene mucho dinero y es lo peor de lo peor.
—No es el hombre que busco —respondió James Vane—, y no me interesa el dinero de nadie. Quiero una vida. Quien yo busco anda cerca de los cuarenta. Ese que he dejado ir es poco más que un niño. Gracias a Dios no me he manchado las manos con su sangre.
La mujer dejó escapar una risa amarga.